El fantasma de la soledad
El fantasma de la
soledad
Hoy lo he vuelto a ver.
Últimamente lo veo casi todos los
días.
Al principio se me hacía incómoda su
presencia, pero me he terminado acostumbrando. Nos hemos acostumbrado
el uno al otro. De conocerlo tanto, hay días que consigo evitarlo.
Pero nunca me abandona la sensación de que sigue ahí y que, si no
lo veo, es porque evito reparar en su presencia.
Pero no es que me desagrade tanto su
compañía. En algunos momentos se me hace más dura, pero es una
carga que se deja llevar. Es más una sensación de incomodidad que
no te abandona, no sentirse bien con uno mismo, no estar en
plenitud... Irónico, porque cada vez que lo veo recuerdo las cosas
que me hacían sentir así. Eso me desquicia y vuelvo a entrar en el
bucle: ¿Lo veo cada vez más frecuente? ¿Lo veré mañana? ¿Cuánto
va a durar esto? ¿Conseguiré perderlo de vista algún día?
Y cuando lo veo me siento sólo. Me
siento sólo aunque me encuentre rodeado de gente, me siento aislado
aunque aprecie a esas personas. Y entonces empieza lo peor, deseas
estar sólo. Deseas que esa gente desaparezca, que se vayan a sus
casas, que nadie te vea. Y cuando estás sólo sientes ese dolor
sordo en el pecho, y deseas estar con gente. Llenas momentánamente
ese vacío. Lo llenas de humo y cuando sopla un poco de viento se
dispersa. Y vuelve el malestar, vuelves a querer estar solo. Y,
cuando finalmente estás sólo, dejas caer tus lagrimas hasta que no
te quedan más. Y así los días pasan, y el vacío se hace más
grande.
Y no puedes llenar ese vacío. Algunas
personas lo intentan y no pueden, y otras pueden y no lo intentan.
Pero el vacío sigue ahí, y si sigue ahí quizá la culpa no sea de
nadie. Quizá es que esté roto. Quizá no puedo ser feliz.
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